lunes, 13 de julio de 2015

Concurso de Poesía y Cuento corto

LA PEOR MINA:
No solíamos hacer caso a aquello de que debíamos controlar una hora exacta de descanso. No teníamos reloj y nunca nos era tiempo suficiente para terminar la conversación empezada. Tampoco nos preocupaba. Ya nadie podía vernos. Tanta oscuridad solo dejaba ver lo que las linternas del casco alumbraban. Joselo y yo éramos los únicos dos empleados que habíamos quedado, compañeros de sufrimiento desde hacía un año. Trabajábamos de sol a sol, por así decirlo, hacia meses que no lo veíamos ni sentíamos su calor sobre nuestra piel. Cuando salíamos a la superficie ya era de noche.
         ―En serio te digo, Joselo, yo no sé qué le pasó. Cuando salí para acá, aquel domingo, se quedó ahí en casa guardando sus cosas y diciendo que era la despedida, que cuando yo fuera de vuelta ella ya no iba a estar.
La mina quedaba lejos de donde vivíamos. Siempre hablábamos sobre lo mismo a la hora del descanso, ya habíamos agotado todos los temas. De lunes a viernes nos quedábamos en el lugar del trabajo, de día acá abajo y de noche al subir a la superficie en una carpa. Ya hacía tres fines de semana que hacíamos horas extras sábado y domingo. No íbamos para Montevideo y no sabíamos nada de nuestras familias.
         ―Pero escúchame, vos también, como le vas a decir eso.
         ―Pero es la verdad ¿o no? ¿Cómo sabe uno que la relación va a durar toda la vida? Quien la manda a preguntar eso.
         ―Uno tiene que tener cintura, ¿entendes? A las mujeres no conviene cortarle los sueños. A nadie conviene, a veces hay que decir lo que el otro espera escuchar.
         ―¡No, pará, yo no soy falso.
         ―¿Y cuando las parejas van y prometen frente al cura amor eterno, cuidarla y todas esas cosas, he? Todo el mundo hace eso y dicen: ¡si acepto! sin darle tanta vuelta, todos menos vos, así te va, ahí estas solo otra vez
         ―La puta que lo pario, tenes razón. Pero a mí no me gusta ser falso. ¿Sabes que? Hoy salimos antes para arriba y nos vamos para el centro a comprar una caña de esas baratas brasileras. Me quiero emborrachar, estoy podrido.
         ―Si, vamos y traemos unas cuantas. A mí lo que me tiene podrido es estar acá ¡Para que mierda te habré hecho caso! Me dijistes que este era el futuro, que íbamos a ganar mucha plata, que venía gente de todos lados a trabajar. Sos un mentiroso, falso como el oro que nunca encontramos. Estamos todo el día metidos en medio de la tierra, picando, poniendo explosivos. Estamos peor que los cavernícolas ¿Entendes? ¡Mira, mira mi cara toda negra, no me sale con nada esta costra que tengo pegada! Extraño a mis hijos, a mi mujer ¡A vos no te importa nada porque vos no tenes a nadie, pelotudo!
         ―Esta bien, dale, descárgate contra mí otra vez. Todos los días lo mismo
         ―Pero escúchame, como no te va a dejar la mina esa, tiene razón, sos lo mas falso que hay. Nunca me dijistes que estos eran campos donde la gente plantaba y vivían felices. Ahora ni pájaros hay. Hace tres semanas que no nos vienen a pagar, ¿qué hago yo cuando vaya para Montevideo, que le digo a aquella?
         ―Y bueno, ¿qué queres? Si no encontramos oro. No entendes, tenemos que encontrar el oro.
         ―A no, sos boludo o te haces, ¿de quién es el oro que encontremos? A mí me tienen que pagar igual, yo no vivo de vender oro, yo vivo de trabajar
         ―Si, ya sé, pero tenemos que encontrarlo Joselo, tenemos que encontrarlo
         ―Ya estoy podrido de hacer agujeros y vivir adentro de ellos. Ya hace un año y nunca encontramos más que piedra y tierra y agua sucia que es la que tenemos que tomar.
         ―Bueno, sabes que, vamos, vamos para el centro de Rivera y tomamos unas cervezas uruguayas y caña brasilera así se te pasa.
Dejamos las herramientas entre los escombros y salimos caminando rumbo a la superficie. De a poco fuimos acomodando los ojos a la luz, tanto tiempo sin ver el sol nos cegó. Todos los agujeros que habíamos hecho antes estaban tapados, y ahora alrededor nuestro habían solo eucaliptus recién plantados. Nos miramos sin decir nada, no lo podíamos creer.
         ―Creo que nos invadieron  ―comentó Joselo
         ―¡Te dije, te dije!  ―Le grité y corriendo fui a buscar la escopeta.
         ―¡Deja, deja eso, son manifestantes, ya te expliqué, vienen a reclamar sus tierras, son ecologistas, no te das cuenta que tienen razón!
         ―No te das cuenta, estos no son los manifestantes, ellos se ponen atrás del alambrado con sus banderas y pancartas, estos son otros. Hay que tirarles a pegar. Nos vienen a robar el oro.
         ―Pero que oro, boludo, si no tenemos nada
Disputábamos la escopeta cuando esta se disparó y le pegó a uno que agachado plantaba los nuevos árboles. Todos los demás corrieron. Cargué y disparé nuevamente, no le pegué a nadie, (me pareció).
         ―Ves, ves lo que hacen, plantan árboles para ocultarse atrás de ellos y robarnos el oro Joselo, te dije que esto iba a pasar.
         El estar encerrado tanto tiempo bajo tierra nos había vuelto locos. Al principio venían los dueños  -que eran extranjeros- los del gobierno y obreros de todos lados. Pero todos se fueron, nunca se encontraba nada más que lo que la sabia naturaleza sabía dar. Los dueños se habían ido y nadie sabía en qué país estaban, ni tampoco nadie nos vino a avisar que ya no teníamos que trabajar allí. Al gobierno cuando le preguntaban esquivaba el tema.
La policía llegó y Joselo levantando los brazos salió corriendo a recibirlos. Yo, viendo que eran muchos, hice lo mismo. Nos acusaron de asesinato, de querer detener el progreso y de ser ecologistas en contra del monocultivo. No nos escucharon al defendernos y nunca pudimos hablar con nadie más que con algunos presos que nos veían como sus iguales y también estaban ahí por ser revoltosos. Todos los demás presos no nos entendían, hablaban portugués y decían que estábamos en Rio de Janeiro. No sé que habrá pasado con mi ex, ni a donde estará viviendo, ni tampoco supe mas nada de mi casa en Montevideo. La familia de Joselo lo lloró en el entierro luego de que un policía les fuera a dar la trágica noticia de su muerte tras una explosión mal puesta, por él mismo, le dijeron. El primer día, como a todos los otros presos nos dejaron salir al patio, alguien nos dijo que abajo de la improvisada cancha de futbol había oro, nos pusimos a hacer un agujero con las manos y los guardias acusándonos de que estábamos haciendo un túnel para escaparnos nos metieron para adentro. Ahora ya hace tiempo que tampoco vemos este sol. No nos dejan salir más, pero estamos acostumbrados y como no hay oro para buscar en la celda hablamos todo el día y arreglamos nuestro pasado. Planificamos nuestro futuro. Dicen que acá cerca los mismos extranjeros tienen otras empresas, pensamos ir a pedirles explicaciones, cobrarle lo adeudado y de paso, trabajo, cuando salgamos. La cara de Joselo de a poco va tomando su color original.
         ―Yo te juro Joselo, te juro que no entiendo como se pudo haber enojado por eso. Le gustara que uno sea falso
         ―Ya pronto saldremos, y quien sabe no te está esperando y te llevas una sorpresa. Ya podríamos estar allá, estamos acá por culpa tuya. Ya estoy podrido de estar siempre encerrado.
         ―A mi me dijo uno de estos que parece van a poner un subte en Rio de Janeiro. Seguro que ahí nos llaman. Nadie hace pozos como nosotros.
         ―Y compramos una caña barata brasilera y le damos...

Ariel Azor