viernes, 24 de julio de 2015

Concurso de Poesía y Cuento Corto

                           CRISTINA Y EL VAGAMUNDO
                                  (Homenaje a la Colifata)

El momento tan esperado llegó. “Al aire” gritó el hombre con auriculares del otro lado del vidrio.
-Buenos días para todos los que están escuchando- comenzó diciendo- mi nombre es Cristina y esta es la radio comunitaria La Colifata transmitiendo desde el Borda. Sabían ustedes -continuó leyendo el boletín entre sus manos –que en nuestro país existen miles de experiencias de cultura comunitaria, autogestiva e independiente, protagonizada por ciudadanos y ciudadanas con distintos niveles de formalización. Teatro comunitario, la murga, el muralismo y la plástica, la comunicación popular grafica, radial o audiovisual, el circo, el arte callejero, distintos géneros musicales, de la danza, bibliotecas populares, radios comunitarias y tantas otras… Hoy les voy a hablar del primer congreso latinoamericano, cultura viva comunitaria, que se llevara a cabo del 17 al 22 de mayo en La Paz, Bolivia…
Y así continuó con todo su entusiasmo. Ella sabía que mucha gente la estaba escuchando y que aquello que estaba diciendo era tremendamente importante, eso por lo menos creía ella, se sentía un poco comprometida, nerviosa, pero sabía sobrellevarlo para que quien la escuchase no se diera cuenta.
 -Muy bien Cristina, todo va bien, solo falta ponerle el final y despedirte- le gritó el hombre de los auriculares, Andrés, uno de los psicólogos del hospital. Para ella era muy importante la aprobación de Andrés, quería que él viera  su constante mejoría, que se diera cuenta que ya nunca volvería a hacer aquellas cosas. Andrés, le había conseguido un permiso especial para que después de que terminara su programa de radio, “CRISTINA AL AIRE”,  la enorme puerta de hierro, las gruesas rejas se abrieran por una hora para ella.
 Cristina cerró el programa dándole lugar al siguiente como siempre lo hacía leyendo lo escrito en el arrugado papel que su oyente y admirador le alcanzaba a la hora de su permiso para salir.  No sin antes despedirse de sus oyentes e invitarlos para que la escuchen el próximo jueves a la misma hora, alisó el papel con sus manos todo lo que  pudo y comenzó a leerlo, en un tono de voz más suave:
 “¡Distinto!: Dicen que soy distinto, como no serlo, si no soy nada en una sociedad donde todos son algo. Todos tienen algo de que agarrarse. Yo no tengo nada. A todo renuncié. Todo lo regalé o lo abandoné, aun incluso aquellas ideas que decían como y que debo ser. A nadie le creí y aun no les creo, todo lo que me han enseñado lo he desaprendido y hago y pienso como quiero. De todo y todos desconfío, dudo, y soy lo que quiero ser. Esto que ven en mí, aunque no les guste y me vean como inferior soy el hombre libre que quiero ser”.
Se levantó rápido de la silla, sonriendo, y miró a Andrés, impaciente, como un niño que pide algo que desea.
-Si Cristina, anda, una hora he- le dijo dándole un beso en la frente. Andrés sentía la misma alegría que ella. El también era muy feliz en ese momento.
El portero, vestido de traje azul, abrió el portón y luego la reja. Ese instante le parecía a ella interminable y una cantidad de segundos perdidos.
-Pórtate bien, y no te vayas muy lejos- le dijo.
Cristina salió, lo buscó, miró a su derecha hacia el lugar donde siempre la estaba esperando y allí esta, el vagamundo como le llamaba ella. Todos los jueves a esa hora venia hasta el hospital a esperarla. Cristina corrió hasta el y lo abrazó, eran los únicos abrazos que el recordaba haber recibido en su vida.

- ¿Preparada para un paseo?- le dijo él

Ariel Azor