miércoles, 30 de abril de 2014

"El Peugeot 404 celeste" (de La FRagua -Mayo)

EL PEUGEOT 404 CELESTE
(Una caricia de la parca).

...pasado que no ha sido amansado con palabras no es memoria, es acechanza... (Demasiadós héroes. Laura Restrepo)
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Desperté como todos esos días.  A las 10 de la matina.
Mi vieja vagancia adolescía. La derrotada juventud de no saber que hacer con mi vida, la indocumentación, el gris del invierno en BsAs, y la recién instalada dictadura --un escalón más brutal hacia la bestialización, luego de Isabel y el brujo-- no me dejaban ni pensar.
Pero me levantaba de la cama. Porque había que levantarse a alguna hora, lavarse la cara... y no mirarse al espejo. Lo que mostraba no ayudaba al ánimo.
Pensándolo bien, creo que no había espejo en lo que habíamos arreglado como "baño".
Y aguantar sin bañarse todo lo posible. No era ningún sacrificio. Ahorrábamos agua y sufrimiento.
El frío era un pretexto ideal. Y no tener nada más que agua para ayudar al baño. A veces un pedazo de jabón que el Polaco traía del bar, como un lujo.
Si su novia de turno no lo guardaba para sus higienes íntimas.

Salir a la calle en Villa Insuperable era una transgresión. Con cara portante de ser extranjero e indocumentado.
Como ponerse un cartel flúo : "SOY UN URUGUAYO PERDIDO EN BUENOS AIRES SIN SABER QUE HACER CON MI VIDA".
La Chiva --recién llegado de Uruguay, y flotando en una nada, había empapelado la habitación con poesías de su amor perdido en Young.
Reenganchó con 99 y se largó a Buenos Aires, luego de despertar de su suicidio frustrado por las ganas de mear.
Mujeres en tangas estaban a colores por toda la habitación, techo y paredes.
Poemas escritos a lápiz lloraban su perdido amor, un hijo ajeno que no llegó a nacer, lejos, en una tierra con perfumes y noches y días que se perdieron allá, donde nada se recupera jamás.
En la juventud inocente.

Las tres camas de madera requechada de la basura en la habitación donde dormíamos los solteros, el negro Nico, la Chiva y yo, tenían la capacidad que ningún cálculo ingenieril hubiera previsto.
Aguantaban las noches de goteo del techo húmedo, y hasta salían ilesas aunque había que repasar los clavos, si alguna visitante casual caía desnorteada en ese pozo.
Así sucedía el tiempo, como si se pudiera esperar a que sobreviviríamos a esa incertidumbre.
El perchero, del mismo juego de madera artesanal, colgaba los abrigos muestra de tiempos mejores.
La mesa de luz, igual. Un cajón de manzanas puesto de frente con la boca abierta.
Un cajoncito dentro de él, deslizante, de la misma madera verde y desfibrada, que no abría sino con las dos manos.  
Una sosteniendo todo el "mueble" para que no se descuadrara, y la otra tirando hacia afuera.
Adentro, un secreto.
Y una sentencia en suspenso.
Ahí me refugiaba arrinconado aquel invierno, oscuro, húmedo, y presagiante, de 1976.

Al poco rato, como a las 11, frenó con ruido un auto, de golpe, frente a la entrada. El Peugeot 404 celeste se enmarcó en el frente del largo pasillo a la calle.
Flaco vení¡¡¡ me gritaron imperativos. Dudé. Estaban a unos 30 mts de la casa, y ésta no tenía salida. Ni yo.
Los demás dormían. El Polaco en su pieza, con su novia santiagueña, descansaba su hora cambiada de mozo nocturno de confitería del centro.
En nuestra pieza, la decorada, dormía el negro Nico. La obra de construcción donde era peón, no trabajaba ese día de llovizna, o casi.
Por las dudas no fue. El destino
La Chiva se había ido temprano, recomponiendo su vida, al laburo de cocinero en un restaurant de Palermo.
Yo no tenía trabajo. Ni ganas.
El idiota que se asomó al escuchar la frenada del Peugeot 404 celeste, en esa mañana de neblina, no podía ser otro que yo.
Quien iba a saber.
                                                                                 
Eran tres. Dos adelante, el gordo cobarde, el pegador, era el chofer. Al lado, en principio en silencio, el sub.
De voz ronca  y gritadora luego, aterradora, cuando la capucha y las esposas me inmovilizaban.
Luego de los culatazos de 9 en el camino, con la cabeza tapada con un saco que antes había cubierto a medias la metralleta que mostraron.
Entrá al auto que doy una vuelta... tengo un problema con el motor... hace ruido... vos sos mecánico no??.
Yo no¡¡, y miraba para atrás. No salía nadie de la casa. Solo pasó la novia del polaco rumbo a la panadería, a comprar facturas para el mate. .
Que culo tiene esa puta¡¡
No, es la señora del dueño de casa.
Dale, es una puta¡¡.
Pasó de retorno y ni reviente. Ni me miró. Nos odiaba a los tres que no la dejábamos disfrutar de su casi matrimonio.
Y subí a aquel Peugeot 404 celeste.
Atrás, con el bueno : "Flaco, estos son bestias, te van a dar máquina hasta deshacerte, mas vale digas lo que sabés, no los hagas enojar... no sabés lo que hacen".
Yo no se nada¡¡¡
Discurso vano en espera a entrar a escena en la subcomisaría de Isidro Casanova.
Cuando me bajan del Peugeot, de reojo vi las bolsas de arena en la puerta de entrada, tipo barricada, y un milico de uniforme con ametralladora. ¿Que era ese lugar?.
                                                                               
Mas tarde, luego de la sesión de ablande, volvieron a Villa Insuperable, conmigo esposado en el auto. Entraron 9 en mano en la casa a pleno día, pateando puertas.
El negro Nico aun dormía a las 2 de la tarde, ignorando la paliza y los gritos en Isidro Casanova, sin saber de las anécdotas envalentonadas de aquéllos miserables, que contaban como quedan expuestos los pulmones latiendo cuando reciben un itacazo recortado por la espalda.
El Polaco se despertó con los gritos y con un caño en la boca, con la novia haciéndose la tonta. Nada había dicho.

El "sub" luego de saquearme 10 pesos uruguayos de la percha de abrigos, y traerlos arrugados como botín, al auto, para que le dijera cuanto eran en argentinos.
Con el cagazo no reconocí que eran míos. Un resto del último viaje a desde Uruguay.
Casi nada.. unas monedas, le dije.
Querían plata. Se autofinanciaban los bestias.
Volvió a la pieza amenazante y gritaba van todos en cana¡¡.... esto es pornografía¡¡ El arte del amor dolido de la Chiva.

Intentó abrir con una mano el cajón de madera tambaleante de la mesa de luz.
Con la otra, temblorosa, no soltaba la 9.
Tiró y tiró del cajón... éste se descuadraba, se le venía encima, se caía, y no deslizaba el cajoncito.
Adentro, un librito, Sobrevivientes de la masacre de Trelew, la entrevista a Haidar, Berger, y Camps, que se habían salvado por un tiempo.
El librito estaría atravesado dentro, resistiendo.
El verdugo tenía ganas. No pudo. Lo tiró.
El cajoncito de manzanas aguantó.
Todos incluso "la Chiva", al que seguramente iban a esperar hasta que llegara cansado, con el olor insoportable a cocina que se le pegaba en la piel, hubiéramos sido historia, si aquel cajoncito se hubiera abierto.

Se fue el Peugeot 404 celeste, vacío. Impune.
Se llevó la adolescencia ingenua que nos quedaba.

Marcos Rojo. Octubre de 2012.