miércoles, 5 de febrero de 2014

Jose Emilio Pacheco (Mejico)

El bestiario humano de
José Emilio
José Ángel Leyva
En la portada de la ya extinta revista de poesía
Alforja, aparece José Emilio Pacheco con un gato
en cuyo pelaje profuso se hunden sus manos y la
mirada de ambos, del escritor y su
mascota, se mimetizan ante la lente
de su hija Laura Emilia, autora del
retrato. Esa imagen del escritor se
nos revela, y nos evidencia, la clave
de muchos de sus poemas
zoológicos. Sus versos devuelven
al hombre a su condición animal y
a la fauna le otorga un carácter
humano, destacando rasgos
etológicos, inherentes al hombre. La civilización es para el José Emilio poeta un hecho que no trasciende al animal, ignorante de su finitud, de su insignificancia, al tiempo que representa un milagro de la Naturaleza. De muchas maneras, en la mirada del poeta aparece el animal político, el animal de palabras, el animal urbano, el animal de carroña y aquel predador de sí mismo, traidor de sus orígenes.
En su mirada hay severidad y escrutinio, inteligencia; en su rostro asoma un gesto adusto, cierta ironía propia de quien sabe evitar el exabrupto y resolver la situación con gracia. El gato y su amo nos miran desde un plano interior. Son ellos, iluminados, enmarcados de sombras, quienes parecen contemplar e inquirir al mismo tiempo a sus espectadores.
La memoria de José Emilio es de esos portentos que se combinan con el talento y la disciplina, la curiosidad y la malicia literaria. Él es un hueco enorme en los cuatro volúmenes de entrevistas de Versoconverso y Versos comunicantes (poetas entrevistan a poetas). En repetidas ocasiones, Alforja intentó en vano entrevistarlo. Siempre exponía sus razones. Incluso cuando le concedió una entrevista a una periodista chilena, cuando el gobierno de Chile le otorgó el Premio Pablo Neruda. En realidad, decía, “fue una situación ineludible, ella me hacía preguntas y yo me vi obligado a contestar por cortesía y educación. Pero no me gusta verme retratado en esos ejercicios orales en los que no estoy convencido de ser el yo que pretendo cultivar en mi escritura”. En verdad se sentía mal de no aceptar la solicitud de la revista, incluso cuando se le señalaba la paradoja de ser el compañero de una de las más grandes entrevistadoras de México, Cristina Pacheco. Él reía y buscaba otra excusa.
Me llamó un par de veces para hablarme de lo que él pensaba sobre las entrevistas. En una ocasión estuvimos, sin exagerar, cerca de una hora al teléfono, entre disculpas reiteradas y su tentación de ceder. Comencé a interrogarlo sobre su poesía, su trabajo narrativo, su labor ensayística, su columna en Proceso, que por entonces afirmaba ya había abandonado, y luego retomaría. De pronto le dije: “José Emilio, ¿te das cuentas de que ya te entrevisté y has respondido con elocuencia?” “Sí –aceptó–, pero he contestado consciente de que he cumplido tu deseo, pero no saldrá de nosotros. A nadie le importa lo que yo piense de mi trabajo y mi proceso creativo, en realidad a mí lo que me preocupa no es tanto lo que escribo sino lo que leo, y más aún, lo que me falta por leer.” Era la respuesta de la última pregunta que deseaba hacer.
La fotografía de la portada de Alforja me la había entregado el propio José Emilio. Cuando se publicó el número especial, descubrí con terror que la diseñadora me había adjudicado la autoría de dicha foto. Pusimos fe de errata, pero el daño estaba hecho. Tiempo después, con esa imagen viva en la memoria, propuse una antología temática a Antonio Cisneros. Lo comenté con Juan Manuel Roca y emprendimos la tarea. Roca escribió el prólogo y yo organicé el animalario lírico de Cisneros. Luego de un intercambio de propuestas quedó el título: A cada quien su animal, paráfrasis de un verso del poeta peruano pero, en el fondo, partía yo de la idea que me había provocado la fauna poética de José Emilio. Si en Cisneros el mundo animal ocupa buena parte de su imaginario, en José Emilio hay una clara conciencia de ese vínculo, metonimia de la bestialidad civilizatoria.
La lucha de lo transitorio contra la permanencia, la banalidad que intenta someter al pensamiento, las megaurbes como amenazas de implosión de los ecosistemas, son ejes temáticos en su extensa obra lírica, retratados en sus poemas epigramáticos o en los poemas a manera de fábulas audaces, donde es común ver el juego de la transmutación hombre-animal, animal-hombre. En el prólogo de La fábula del tiempo, el antólogo, Jorge Fernández Granados, destaca: “Tal vez José Emilio Pacheco es en esencia un gran fabulista. En su poesía los objetos, las personas, las plantas y, sobre todo, los animales operan con frecuencia como ejemplos de la reflexión ante la cual habrá una conclusión de conducta o moraleja […] Particularmente en los poemas de la serie Circo de noche  […] algo recuerda a las Pinturas Negras de Francisco de Goya o los dibujos de José Guadalupe Posada, una extrema parodia de la sociedad humana. El espejo de la historia nos devuelve una fábula negra.”
La lucidez de Pacheco estriba en la sencillez, en el trazo diestro del calígrafo que sin soltar el pincel, de una sola línea, resuelve su propósito, lo dota de un gesto mordaz, casi escéptico, como en su “Poética I”: “Tenemos una sola cosa que describir: este mundo.” Menuda tarea la del poeta que, como el resto de los mortales, ignora su origen y su después. “Escribe lo que quieras. /Di lo que se te antoje: /de todas formas vas a ser condenado.” (“Arte poética II”). En esa entrevista que nunca grabé, ni publiqué, y en gran medida olvidé, recuerdo que hablamos de muchos de sus poemas o zoemas, de cerdos, del erizo, el caracol, los murciélagos, “Prehistoria”, pájaros, cocuyos, lobos, arañas, tigres, halcones, langostas, gatos, mosquitos, pero hubo uno del que no pregunté y, como afirma Marco Antonio Campos, resume el humor y la ironía de ese bestiario implícito, “Envidiosos”: “Levantas una piedra/ y los encuentras:/ ahítos de humedad,/ pululando.” 

Poemas
José Emilio Pacheco
La falsa vida
Alguien te sigue a veces en silencio.
Las cosas nunca dichas
se transforman en actos.
Atraviesas la noche en las manos del sueño,
pero el otro, implacable,
no te abandona: lucha
contra la irrealidad, la falsa vida
donde todo es ocaso.
Frágil perseguidor que eres tú mismo,
lo has obligado a ser, en guardia siempre,
el minucioso espejo que no olvida.
De Los elementos de la noche [1958-1962]
El reposo del fuego
I-12
Aquí te expandes, vida mortal,
color de sangre, dicha
de tenerte un instante que no vuelve.
Tu reino es la ciudad de agua y aceite
que flotan sin unirse. Su equilibrio
es su feroz tensión. Y su combate
se disfraza de paz y tregua alerta.
I-15
No humillación ni llanto: rebeldía,
insumiso clamor. Toma la antorcha.
Prende fuego al desastre.
Y otra hoguera
florezca, hienda el viento.
Mediodía, presagio incandescente,
inminencia total de vida y muerte.
De El reposo del fuego [1963-1964]
Legítima defensa
(fragmento)
7
(A los poetas que vendrán)
Hay que ser implacables.
(No tengan, pues, clemencia con mis errores.)
Nuestra debilidad les dará la fuerza
y acertarán en donde fracasamos.
Pero una vez borrados
(si nos recuerdan)
ojalá piensen
en que la perfección
es para siempre ajena a todo intento humano
De No me preguntes cómo pasa el tiempo [1964-1968]
Tacubaya, 1949
 
Allá en el fondo de la vieja infancia
eran los árboles, el simulacro de río,
la casa tras la huerta, el sol de viento,
los años calcinados.
Un desierto
que hoy se sigue llamando Tacubaya.
Nada quedó.
También en la memoria
las ruinas dejan sitio a nuevas ruinas.
Contraelegía
Mi único tema es lo que ya no está.
Sólo parezco hablar de lo perdido.
Mi punzante estribillo es nunca más.
Y sin embargo amo este cambio perpetuo,
este variar segundo tras segundo,
porque sin él lo que llamamos vida
sería de piedra.
A quien pueda interesar
Otros hagan aún el gran poema,
los libros unitarios, las rotundas
obras que sean espejo de armonía.
A mí sólo me importa el testimonio
del momento inasible, las palabras
que dicta en su fluir el tiempo en vuelo.
La poesía anhelada es como un diario
en donde no hay proyecto ni medida.
De Irás y no volverás [1969-1972]
En resumidas cuentas
¿En dónde está lo que pasó
y qué se hizo de tanta gente?
A medida que avanza el tiempo
vamos haciendo más desconocidos.
De los amores no quedó
ni una señal en la arboleda.
Y los amigos siempre se van.
Son viajeros en los andenes.
Aunque uno existe para los demás
(sin ellos es inexistente),
tan sólo cuenta con la soledad
para contarle todo y sacar cuentas.
De Desde entonces [1975-1978]
Las ruinas de México
(fragmento)
II-I
Crece en el aire el polvo,
llena los cielos.
Se hace de tierra y de perpetua caída.
Es lo único eterno.
Sólo el polvo es indestructible.
De Miro la tierra [1984-1986]
Certeza
Si vuelvo alguna vez por el camino andado
no quiero hallar ni ruinas ni nostalgia.
Lo mejor es creer que pasó todo
como debía.
Y al final me queda
una sola certeza:
haber vivido.
Decir adiós
Acércate y al oído te diré adiós.
Gracias porque te conocí, porque acompañaste
un inmenso minuto de la existencia.
Todo se olvidará en poco tiempo.
Nunca hubo nada y lo que fue nada
tiene por tumba
el espacio infinito de la nada.
Pero no todo es nada,
siempre queda algo.
Quedarán unas horas, una ciudad,
el brillo cada vez más lejano de este maltiempo.
Acércate y al oído te diré adiós. Me voy
pero me llevo estas horas.
De Ciudad de la memoria [1986-1989]
En la República de los Lobos
En la República de los Lobos
nos enseñaron a aullar.
Pero nadie sabe
si nuestro aullido es amenaza, queja,
una forma de música incomprensible
para quien no sea lobo;
un desafío, una oración, un discurso,
o un monólogo solipsista.
La rueda
Sólo es eterno el fuego que nos mira vivir.
Sólo perdura la ceniza.
Funda y fecunda la transformación,
el incesante cambio que manda en todo.
Sólo el cambio no cambia y su permanencia
es nuestra finitud.
De El silencio de la luna [1985-1996]
Epitafio
La vida se me fue en abrir los ojos.
Morí antes de darme cuenta.
De La arena errante [1992-1998]
Página
Gracias, mil gracias, todo está muy bien.
Celebro lo que hacen y lo agradezco.
Me gustan mi laptop y mi laserprinter.
Pero soy como soy y no son para mí
poemas en pantalla ni a  muchas voces
ni con animaciones electrónicas.
Me quedo (aunque sea el último) con el papel.
La página no es, como se dice ahora, un soporte:
es la casa y la carne del poema.
Allí sucede aquel íntimo encuentro
que hace de otras palabras tu mismo cuerpo
y te vuelve uno solo con lo que dicen sus letras.
Encuentro
Ya me encontré a mí mismo en una esquina del tiempo.
No quise dirigirme la palabra,
en venganza por todo lo que me he hecho con saña.
Y me seguí de largo y me dejé hablando solo
Ðcon gran resentimiento por supuesto.
De Siglo pasado (Desenlace) [1999-2000]
Despoblación
(fragmento)
Entre tanta destrucción queda una parte edificante.
En el zafarrancho general de la vida, en la guerra
perpetua y la separación interminable, sobreviven,
y nada puede ya borrarlos, el segundo de amor, el
minuto de acuerdo, el instante de amistad. Basta
para vivir agradecidos con esos nombres que no
volveremos nunca a pronunciar.
Concisión
Concisión de la lluvia, soberanía del
agua al caer en los árboles. Cuando
todo se ha vuelto un poco añil la lluvia
obliga al amanecer a prolongar su
grisura. Es grato mirar el mundo
cubierto por un velo que afirma su
continuidad, la perduración de una
vida en la que ya no estaremos.
De La edad de las tinieblas [2009]
La extrañeza
Al nacer ocupamos el sitio de alguien
y no damos las gracias a quien se ausenta
para legarnos su inestable espacio.
No sabemos ni cómo ni quién fue
el ser desconocido, en dónde estuvo.
Consideramos algo natural
la extrañeza del mundo, su misterio,
el castigo y el alivio de ser mortales,
el terrible milagro de estar vivos.
De sobra
Al planeta como es
no le hago falta.
Proseguirá sin mí
como antes pudo
existir en mi ausencia.
No me invitó a llegar
y ahora me exige
que me vaya en silencio.
Nada le importa mi insignificancia.
Salgo sobrando porque todo es suyo.
Palinodia
Me arrepiento de todo lo que dije
y de cuanto callé.
Pido perdón al silencio.
Lamento haber interrumpido la Nada.
Plegaria
Dios que estás en el No
bendice esta Nada
de la que vengo y a la que regreso.
La caída
El tiempo no es eterno.
Acabará también como el Sol.
Lástima de verdad no estar aquí
para ver rencorosos la caída
del intangible inmenso que nos hizo
y con la misma naturalidad nos deshace.
La cena de las cenizas
(fragmento)
2. Aduana
“¿Qué traes?”, pregunta,
con arrogancia de todopoderosa, la Muerte.
Y le respondo humilde:
“No traigo nada.
Dejo atrás lo que tuve,
como usted ordena.”
Enigma
El misterio que tú eres para mí
y yo soy para ti
y todos somos para todos...
¿Por qué actuamos así?
¿Por qué llegamos
a este momento inexplicable
(que es hoy y siempre)?
Si supiera quién eres y quién soy,
si supiese por qué eres y por qué soy,
la vida perdería su intensidad lacerante.
Dejaría de ser lo que es en verdad:
el enigma sin fondo.
Aquel otro
Hoy vino a verme el que no fui:
aquel otro
ya para siempre inexistencia pura,
ardid verbal para el hubiera sido,
forma atenuada de decir no fue.
Ahora lo entiendo:
quien no fui ha triunfado,
la realidad no lo manchó, no tuvo
que adaptarse a la eterna sordidez,
jamás capituló ni vendió su alma
por una onza de supervivencia.
El que no fui se fue como si nada.
Ya nunca volverá, ya es imposible.
El que se va no vuelve aunque regrese.
De Como la lluvia [2001-2008]

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