martes, 13 de septiembre de 2016

Walt Whitman, uno de los duros

Hay unos Estados Unidos antes y después de Whitman. Hay una poesía antes y después de Whitman. Hay una forma de entender la carne antes y después de Whitman. Aquel hombre con barba de pescador cantaba concéntrico de sí mismo, fue al primer poeta al que se le llamó desde la oscura alegría del sexo y de los rasgos, desde la oscura alegría de la humanidad en todas sus formas. Walt Whitmanfue el primero que no tuvo miedo, que no sintió pena de ser hombre hasta ese punto, y por ello cantó a la vida y a la democracia, cantó sonando a sobremesa, a carcajada excesiva, a tos, a comer sin medida, a los momentos previos al sexo, a los momentos posteriores al sexo, y su voz fue, como dijo Lorca,  una columna de ceniza. 
En un Estados Unidos que aún no se conocía, que solo se intuía, en plena adolescencia de un país que hoy pensarle adolescente suena ridículo, como suena a todos ridículo pensar en nuestra propia adolescencia; en ese EEEUU de carbón, de las máquinas descarnando brutalmente la virginal vida de pastos y terrenos, de ferrocarriles, de sombreros y guerra civil, aquel hombre mitad pescador mitad lunático, fue uno de los duros porque no vaciló, no gimoteó y se lamentó, anduvo con paso firme, seguro del granito bajo sus pies, afirmando al hombre que llevaba sobre su dimensión, afirmando su desnudo y sus multitudes, anclando su poesía a la tierra, a los enfermos, al hombre común, en una especie de canto de gallo rojo en mitad de la ordenadísima quietud de una mañana. 
whitman_1870Walt Whitman, 1870 / Foto: Library of Congress.
Walt Whitman, uno de los duros, un fundador nacido en Huntington, Nueva York, allá por 1819 que no supo contener en su propia vida ese vigoroso impulso que trasladó a su poesía. El poeta fue poeta, pero también fue enfermero voluntario y periodista, creció en una familia numerosa de creencias cristiano-primitivas, y desde muy joven comenzó a trabajar como tipógrafo, escritor, editor y repartidor de su propio periódico, The Long Islander. A principios de 1850 el de Long Island se cansó y se dispuso a crear la gran obra, la que determinaría el canon estadounidense, la gran epopeya épica de una nación adolescente: aquel poemario con olor a mierda y sol (pues en el olor a mierda y sol, como decía Umbral, medita el acontecimiento de la vida y la palabra decisiva de la muerte) se titulaba Leaves of Grass (Hojas de hierba) y desde entonces no hay un solo amante de la literatura que no se haya asomado a Walt Whitman como el que se asoma a un cadáver repleto de universo.  
Y de esa forma Whitman habló a Lorca, habló a Borges, a Neruda, habló a millones de hombres y mujeres, me habló a mí y seguro habló también al lector de este artículo. En mi vida Whitman apareció como estoy casi convencido apareció en la vida de todas las quintas y generaciones a partir de los 80′. A Whitman, a mí, me lo presentó Robin Williams en mitad de la fiesta descontrolada y desordenada de mi propia pubertad. “Dadme un punto de apoyo y conquistaré el mundo”, dale a un adolescente una razón para ser adolescente y creerá que, como Arquímedes, conquistará el mundo. El Carpe Diem Horaciano nos llegó con el cuerpo de Hollywood y el alma de Whitman. 
Sea como fuere, comencé a leer al bardo y entonces sí, su Carpe Diem fue mucho más allá de filosofía a dos euros para adolescentes que solo buscan frases interesantes para Twitter. Whitman entonces se convirtió en imperial, heráldico y ancho como un domingo por la tarde. Se convirtió en todo eso porque su poesía me ofrecía un enorme espacio y una fuerza descomunal. Un soldado, un Alonso de Contreras yanqui que nos instaba a vivir a salto de mata, que nos enseñaba lo populoso y violento de la vida, que nos enseñaba a amar el cuerpo propio y el cuerpo ajeno, cada detalle del mundo, lo maravillo y lo mundano, que es lo mismo. Todo era entusiasmo y posibilidad, posibilidad de contribuir con un verso en esa poderosa obra que continúa y no cesa.  
Como decía, leí a Whitman por primera vez de adolescente. Leí a Whitman y admiré aun más de lo que admiraba ya por mis propias turbulencias hormonales a aquellas chicas a las que en aquel entonces la carne les prometía caber perfectamente en algún sitio, que eran tendencia hacia una forma, explosión que aún debía ser modelada por el tiempo y los posteriores años de universidad. La poesía de Whitman, su dignificación de la carne, es un humanismo. Un humanismo carnal. Whitman, aquel Caravaggio con aspecto de vagabundo prototípico me abrió, nos abrió, las puertas de las orgías y de la naturaleza. 
Walt Whitman nude - Early to mid-1880s - by Thomas EakinsWalt Whitman desnudo, década de 1880 / Foto: Thomas Eakins.
Mas no era solo el humanismo carnal y el Carpe Diem moderno. Era el amor a la humanidad. Whitman luchó contra la esclavitud en su país, defendió en un particular sentido las nociones de multitud y colectivo, inspiró una cultura democrática que pasaba por el respeto al hombre común, al hombre trabajador y se preguntó cuánto debía hacer y demostrar un hombre para ser tratado como tal. Antes que a Dylan, EEUU tuvo a Walt Whitman. Nacía EEUU y nacía la clase obrera, y el bardo intuyó una nueva sociedad que era un proyecto colectivo de individuos totales.
Cantó a lo enorme y a lo pequeño en su unidad dialéctica. Cantó al hombre y a las multitudes en su unidad dialéctica. Cantó a la acción en el presente, a la celebración del presente para dormir en el futuro. Contenía multitudes, la brizna de hierba y las jornadas de los astros. Se retrató desnudo. Caminó fuerte y se dio cuenta de que había avanzado demasiado, se esperó para volver a encontrarse y sumó cuerpos a su cuerpo. Whitman llamó a seguir sus pasos, exigió que siguiéramos sus pasos. Así es, Whitman exige camaradas. Exige que se eleven nuestras almas tranquilas y sosegadas ante un millón de mundos, exige acción y hermandad, celebración de la vida y del cuerpo. Whitman exige camaradas y así nos lo dejó escrito: 
Piensa que en ti está el futuro
y encara la tarea con orgullo y sin miedo.
Aprende de quienes puedan enseñarte.
Las experiencias de quienes nos precedieron
de nuestros “poetas muertos”,
te ayudan a caminar por la vida
La sociedad de hoy somos nosotros:
Los “poetas vivos”.
No permitas que la vida te pase a ti sin que la vivas