jueves, 13 de agosto de 2026

La política ha muerto

 

 *La política ha muerto*

"La religión es el opio del pueblo", escribió Marx. El templo se vació. Hoy el opio tiene 90 minutos, repetición instantánea y relator gritando gol. No se necesitan dioses. Alcanza con un mundial y una pantalla gigante para no ver lo que hay afuera del estadio.

Se vive, como dijo Guy Debord, en la sociedad del espectáculo. Y el espectáculo no son las imágenes. Es la forma en que esas imágenes organizan la vida. Ya no se vive: se mira. Mientras en Gaza caen bombas y se apagan hospitales, acá se discuten 40 minutos la formación, el VAR, si el 9 está fino. Del mundo real, 20 segundos y placa roja. No es casual. Es funcional. El mundial no oculta la miseria por error. La oculta por diseño. Es la pantalla perfecta porque promete emoción colectiva y entrega olvido individual. Gol, repetición, gol, repetición. Y así se sostiene el presente sin que nadie lo pregunte.

El problema no es el fútbol. El problema es el uso que se hace de él.

Usarlo como anestesia. Usarlo para sustituir la pregunta "¿qué país queremos?" por "¿quién gana el domingo?".

Y ahí aparece el verdadero drama: el ciudadano que decidió no ser ciudadano.

Porque desinteresarse de la política no es neutral. Es una decisión filosófica y es una decisión política.

Aristóteles decía que el hombre es _zoon politikon_: animal político. Vivir en común, deliberar, decidir sobre lo común. Renunciar a eso es renunciar a la humanidad plena. Es elegir _zoe_ —mera vida biológica— por encima de _bios politikos_ —vida en común—.

Es decir: "yo como, yo duermo, yo miro el partido. Lo demás que lo arreglen otros".

Ese "otros" nunca llega. Y cuando llega, llega el mercado.

Porque donde la política abdica, la administración ocupa. Y la administración no pregunta por justicia. Pregunta por rentabilidad.

Por eso se normaliza todo. Por eso "no me interesa la política" se dice como si fuera una virtud. Como si fuera higiene.

Pero no es higiene. Es comodidad.

Es el lujo de poder mirar para otro lado porque la bomba no te cayó cerca.

Es la soberbia de creer que si uno no nombra el poder, el poder no lo nombra a uno.

Es infantilismo cívico disfrazado de pragmatismo: "yo estoy en la mía".

Y esa "mía" dura hasta que se corta la luz, hasta que sube el boleto, hasta que el hospital no tiene insumos.

Entonces sí se queja. Pero se queja en el grupo de WhatsApp, entre meme y meme del mundial. Nunca en el lugar donde se decide.

Por eso se dice que la política ha muerto. No porque desaparecieron los políticos. Sino porque desapareció el espacio de los libres discutiendo el bien común.

Hoy ese espacio se redujo a tres cosas: marketing, porque ya no hay programas sino marcas; hinchada, porque ya no hay adversarios sino enemigos; y gestión, porque ya no hay proyecto sino administración de la crisis.

El mundial es la prueba máxima de ese vaciamiento.

Te da pertenencia sin compromiso. Te da épica sin riesgo. Te da comunidad por 90 minutos y te devuelve a casa solo.

Te enseña a gritar en coro y te olvida de cómo se discute en disenso.

Te hace creer que participar es tuitear una formación.

No se puede tapar el sol con un dedo. Ni con una pelota. Ni con un mundial.

El estadio se vacía a las 22hs.

El país queda.

Y un país sin política no es un país.

 Es un territorio con espectadores esperando el próximo partido para volver a olvidar.

Mauricio Moreira

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