*La política ha muerto*
"La
religión es el opio del pueblo", escribió Marx. El templo se vació. Hoy el
opio tiene 90 minutos, repetición instantánea y relator gritando gol. No se
necesitan dioses. Alcanza con un mundial y una pantalla gigante para no ver lo
que hay afuera del estadio.
Se
vive, como dijo Guy Debord, en la sociedad del espectáculo. Y el espectáculo no
son las imágenes. Es la forma en que esas imágenes organizan la vida. Ya no se
vive: se mira. Mientras en Gaza caen bombas y se apagan hospitales, acá se
discuten 40 minutos la formación, el VAR, si el 9 está fino. Del mundo real, 20
segundos y placa roja. No es casual. Es funcional. El mundial no oculta la
miseria por error. La oculta por diseño. Es la pantalla perfecta porque promete
emoción colectiva y entrega olvido individual. Gol, repetición, gol,
repetición. Y así se sostiene el presente sin que nadie lo pregunte.
El
problema no es el fútbol. El problema es el uso que se hace de él.
Usarlo
como anestesia. Usarlo para sustituir la pregunta "¿qué país
queremos?" por "¿quién gana el domingo?".
Y
ahí aparece el verdadero drama: el ciudadano que decidió no ser ciudadano.
Porque
desinteresarse de la política no es neutral. Es una decisión filosófica y es
una decisión política.
Aristóteles
decía que el hombre es _zoon politikon_: animal político. Vivir en común,
deliberar, decidir sobre lo común. Renunciar a eso es renunciar a la humanidad
plena. Es elegir _zoe_ —mera vida biológica— por encima de _bios politikos_
—vida en común—.
Es
decir: "yo como, yo duermo, yo miro el partido. Lo demás que lo arreglen
otros".
Ese "otros" nunca llega. Y cuando llega,
llega el mercado.
Porque
donde la política abdica, la administración ocupa. Y la administración no
pregunta por justicia. Pregunta por rentabilidad.
Por
eso se normaliza todo. Por eso "no me interesa la política" se dice
como si fuera una virtud. Como si fuera higiene.
Pero
no es higiene. Es comodidad.
Es
el lujo de poder mirar para otro lado porque la bomba no te cayó cerca.
Es
la soberbia de creer que si uno no nombra el poder, el poder no lo nombra a
uno.
Es
infantilismo cívico disfrazado de pragmatismo: "yo estoy en la mía".
Y
esa "mía" dura hasta que se corta la luz, hasta que sube el boleto,
hasta que el hospital no tiene insumos.
Entonces
sí se queja. Pero se queja en el grupo de WhatsApp, entre meme y meme del
mundial. Nunca en el lugar donde se decide.
Por
eso se dice que la política ha muerto. No porque desaparecieron los políticos.
Sino porque desapareció el espacio de los libres discutiendo el bien común.
Hoy
ese espacio se redujo a tres cosas: marketing, porque ya no hay programas sino
marcas; hinchada, porque ya no hay adversarios sino enemigos; y gestión, porque
ya no hay proyecto sino administración de la crisis.
El
mundial es la prueba máxima de ese vaciamiento.
Te
da pertenencia sin compromiso. Te da épica sin riesgo. Te da comunidad por 90
minutos y te devuelve a casa solo.
Te
enseña a gritar en coro y te olvida de cómo se discute en disenso.
Te
hace creer que participar es tuitear una formación.
No
se puede tapar el sol con un dedo. Ni con una pelota. Ni con un mundial.
El estadio se vacía a las 22hs.
El país queda.
Y un país sin política no es un país.
Es un territorio con
espectadores esperando el próximo partido para volver a olvidar.
Mauricio Moreira
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